En defensa de la lectura

Previamente a comenzar la serie de relatos que aglutinaran del modo más conciso y ameno el estilo de vida que marcaba la idiosincrasia de las gentes que hasta hace poco vivían en nuestros pueblos (Como es el mio, Panktxon), me gustaría hacer una breve reflexión sobre la lectura, analizando cuáles son las causas de su desprestigio y destacando el porqué de su importancia en el desarrollo tanto cognitivo como afectivo.

Lectura

No cabe la menor duda que algo se está haciendo mal cuando al analizar los datos sobre la competencia lecto-escritora en la población escolar, se constatan carencias tan significativa como su insuficiente dominio mecánico, el déficit en la expresión oral y escrita, la falta de vocabulario, la mala calidad en la compresión lectora o la aversión a la lectura.

Estos son datos objetivos irrefutables, que ponen en evidencia tanto al sistema educativo como a la sociedad en la que a nuestros hijos les ha tocado vivir.

Y, ¿a qué pueden deberse esas significativas carencias en la competencia lecto-escritora?: ¿quizá a que en la sociedad actual la lectura ha paso a ocupar un segundo plano…?, ¿quizá a que los medios audiovisuales, con su apabullante tecnología, han invadido nuestras vidas…?, ¿quizá a que los conceptos de esfuerzo y constancia han quedado anclados en tiempos pretéritos…? o ¿quizá a que en la abundante y variada oferta de actividades para ocupar el tiempo de ocio, la lectura no tiene cabida…?

Es evidente que los factores que determinan ese desden hacia la lectura, y ni que decir tiene, hacia la escritura, son múltiples y complejos. Analizándolos desde un punto de vista global y genérico, observamos que los principios que promueve nuestra “avanzada” sociedad occidental a través de sus medios de comunicación: el éxito fácil, la necesidad de poseer y consumir compulsivamente, el todo vale con tal de llegar arriba, el abandono de valores que tradicionalmente cohesionaban la urdimbre social, el encumbramiento de personajes de dudoso calado ético… ; no están precisamente enfocados hacia la adquisición de valores como el esfuerzo y la constancia, indispensables para la adquisición de un saludable hábito lecto-escritor. Los medios audiovisuales, a través de su variada y “enriquecedora” parrilla de programación (telenovelas, concursos millonarios, programas del corazón, series juveniles, espacios publicitarios…), sutil y machaconamente dejan caer al desgaire, como el que no quiere la cosa, mensajes subliminales que poco a poco van calando y a la postre son capaces de reconducir nuestros comportamientos en los ámbitos más diversos: el vestido, la alimentación, el deporte, el “disfrute” del tiempo libre y, ¡oh maravilla!, hasta en el entretenimiento y educación de nuestros hijos.

Si de algo peca la sociedad del “bienestar” en la que vivimos, es de delegar gran parte de la educación de los más jóvenes en los medios audiovisuales. De antemano se les concede todo el beneplácito, sin poner en tela de juicio lo perverso de sus mensajes. Los niños y jóvenes, incapaces de discernir, dan por bueno todo lo que a través de los medios de comunicación les llega, quedando atrapados en esa vorágine consumista insaciable que ciertos poderes fácticos manejan a su antojo tras bambalinas.

Pero dejemos a un lado estos manidos y grandilocuentes argumentos, para adentrarnos en el día a día. La oferta de entretenimiento que tienen nuestros hijos a su disposición, es tan apabullante que no sólo ocupa su tiempo de ocio, también el que deberían dedicar a las tareas escolares. Siempre habrá un acontecimiento deportivo “vital” que ver, o el capítulo de una telenovela que da la clave definitiva de la trama, o seguir las andanzas del último famosillo perseguido por la justicia, o abrir el último correo electrónico que pulula por toda la red, o acceder al Messenger para entablar una conversación con alguien del que acaban de despedirse, o atender a las llamadas perdidas del móvil, o revisar los últimos mensajes, o bajar de Internet las últimas canciones de su artista favorito para almacenarlas en el MP3, o ver la última película pirateada en el MP4, o descargar las fotos de la última excursión en el disco duro del ordenador para grabarlas en un CD, o… La lista de “obligaciones vitales” a las que tienen que atender es tan apremiante y abultada, que “se entiende” que no dispongan de un instante para disfrutar de la placentera lectura de un libro.

Es evidente que en los medios audiovisuales, nuestros jóvenes no encontrarán el caldo de cultivo idóneo para que se propicie un acercamiento al mundo de la letra impresa. Por lo tanto, han de ser la familia y la escuela las que inculquen los hábitos lecto-escritores.

La sociedad, la administración educativa y la familia tendrán que admitir el hecho universalmente aceptado de que la lectura constituye uno de los “bienes culturales” más relevantes con los que el ser humano cuenta a lo largo de su vida. Y cuando se le reconozca su verdadero valor, se le prestará la atención que merece, pues no en vano se trata de uno de los instrumentos fundamentales para que el individuo sea capaz de desarrollar sus potencialidades cognitivas, afectivas, sociales, emocionales y creativas, a la vez que le ayuda a ser cada vez más libre y con mayor capacidad de decisión y autonomía.

No desdeñemos un bien que tanto le ha costado adquirir a la humanidad y que es la seña más emblemática de su identidad. Tengamos presente que su adquisición no ha sido gratuita y que han tenido que pasar miles y miles de años hasta llegar a ser lo que hoy es. Desde que los primeros homínidos consiguieron articular las primeras palabras inteligibles gracias a la evolución de sus aparatos audio-fonatorios, al aumento de su capacidad craneal, a la especialización de una zona cerebral (el área de Brocar) en las funciones lingüísticas y a la adquisición del pensamiento simbólico; hasta llegar a lo que actualmente es la capacidad lingüística humana han sido muchas la etapas a cubrir: la necesidad de dejar constancia de las transacciones económicas llevaron al pueblo sumerio a desarrollar la escritura cuneiforme en tablillas de barro; los egipcios desarrollaron una escritura ideográfica, la jeroglífica, para mayor gloria de sus dioses y faraones; los fenicios, para agilizar el comercio, desarrollaron el primer alfabeto, con el que las ideas y objetos se representan con sonidos; los griegos añadieron las vocales al alfabeto fenicio; los romanos, desde su pragmatismo, expandieron el latín por su imperio; los monjes medievales, con su paciente y laborioso quehacer en los monasterios, recopilaron todo el saber clásico; la invención de la imprenta contribuyó a la difusión de los libros, pasando la cultura y el saber a formar parte de la sociedad. Estos son sólo algunos de los hitos que se han ido jalonando a través de los siglos hasta llegar al día de hoy. No dejemos que su quehacer sea un esfuerzo baladí. Los medios audiovisuales podrán apoderarse de la sociedad, del entorno familiar, de los centros educativos, del tiempo de ocio; pero los libros continuaran siendo los portadores de sabiduría, emociones e historias mágicas, a la espera de que ávidos lectores se apropien de ellas.

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